Si tomamos como referencia el libro del “Génesis” donde se registra la disputa entre Adán y Eva por comer o no la manzana, del árbol del fruto prohibido, podemos asumir, entonces, que la incapacidad del ser humano en no ponerse de acuerdo es una cuestión que data desde la misma creación de la especie.
A lo largo de la evolución de la humanidad, esta incapacidad ha logrado calarse en eventos tan importantes como, el saber quién cuenta en el juego del escondite, hasta definir quién sede o no en la disputa por el territorio de un país. A puntos tales de tener como consecuencia guerras mundiales, divorcios y una cantidad incontable de peleas entre niños.
Para solucionar esto, se han tomado medidas que se adaptan tanto al contexto histórico como a la edad y madurez del ser humano, y aunque esto no valga de mucho a la hora de la disputa, ha servido para evitar que nos extingamos por razones que, a simple vista, son bastante irrelevantes.
Así mismo, los métodos llevados a cabo con el fin de alcanzar una solución, es decir, llegar a un “consenso”, también evolucionan. Desde una carrera en donde el último tiene “cara de moco” y es quien cuenta, pasando por piedra, papel o tijera, hasta un sistema de aplausos o un sistema electoral.
Por otro lado nos encontramos con la dificultad de saber cómo llevar a cabo estos métodos. En primer lugar, está en considerar de suma importancia, que su aplicación no acarree consecuencias que destinen a la generación de un caos o hecatombes irreversibles. Así mismo una vez comprendido esto, se espera que de la aplicación del método en cuestión, se desprenda no más que, simplicidad, como para que con unos pasos enumerados pueda ser llevado a cabo; y la fortaleza y entereza de una orden, tal cual la diera un superior, para que, de este modo el hecho de que si se va a acatar o no, no sea siquiera una consideración a discutir.
Teniendo siempre en cuenta al orgullo como primer y más importante obstáculo para poder llegar a un acuerdo, llevamos a los métodos a otra escala; escala en donde hacen las veces de telón para tapar, de una manera decorosa, la desfachatez de no poder ceder, bajo ningún contexto, a las intenciones de la otra parte. Es así como, sin cuestionarnos, preferimos dejar a un lado el sentido común y optar por una medida azarosa y poco conveniente en muchos casos.
La democracia, por ejemplo, siempre va a defender a una mayoría, que en cualquiera de los casos, podría estar equivocada, pero para curar a todos en salud, es mejor mantener el interés antes que la razón; ya que, para buscar quién tiene la razón, vendría otra disputa que entraría en otros niveles; y de esta manera el dejar de discutir sería algo que jamás ocurriría, porque al fin y al cabo ¿Quién tiene la razón?
De esta manera, así como a raíz del desarrollo y crecimiento de la humanidad se han ido perfeccionando sistemas como la democracia, que desde los griegos ha evolucionado hasta llegar a ser el sistema político por excelencia de los grandes países, también han ido surgido organizaciones en respuesta a la necesidad que tenemos los seres humanos de ponernos de acuerdo para poder existir en comunidad o en el mundo.
Desde las juntas de condominio de un edificio hasta la ONU, son muestra de ello. Son muestra de la necesidad que tenemos de ponernos de acuerdo y la incapacidad que sufrimos al intentar hacerlo. Se necesita de una organización destinada a determinar cómo se va decorar la calle en diciembre, si se permite o no el uso del ascensor a las mascotas, los métodos de limpieza del estacionamiento, entre otros. Tal como, igualmente se necesita de una organización en donde convergen 192 Estados del mundo para tratar el hambre, la pobreza, guerras, etc.
Son pocos y selectivos los casos en que de una discusión puede surgir el “tienes razón”, claro que no imposibles, de ser así estaríamos en un mundo de sordos en donde siquiera existiría la palabra “discusión”, entiéndase de ella la inevitable presencia de un acuerdo, en donde las partes incluidas tienen por sentado el ceder en algún momento, de lo contrario no existe.
Sin embargo desde el comienzo, nuestra historia ha sido intervenida bajo la imperante incapacidad de ponernos de acuerdo, de llegar a un consenso, en base a esto el ser humano, consciente de su necesidad de coexistir, ha desarrollado diferentes métodos, organizaciones y acuerdos, mediante los cuales se filtra esa incapacidad, y se deja a lo ya sentado y establecido, la decisión.
martes, 15 de enero de 2008
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