La libertad es el anhelo más valioso para el hombre, pues durante años, décadas y siglos hemos visto su lucha tenaz y audaz por conseguirla. Por mucho tiempo, se pensó que la libertad era sólo símbolo de independencia, autonomía y de sentir que no existen ataduras, temores y limitaciones. Desde niños creemos que la libertad se reduce a vivir al máximo, a ser felices en plenitud. Sin embargo, Kafka nos afirma: “Tememos a la libertad y a la responsabilidad y cada uno prefiere ahogarse detrás de los barrotes que él mismo se ha construido”.
Entonces, ¿existe realmente la libertad? O sólo es un lugar común al que recurrimos para no aceptar que somos nosotros mismos aquellos que nos imponemos una vida en cautiverio. Cervantes describe la libertad así: “La libertad, Sancho, es uno de los más poderosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida”.
El concepto de Cervantes nos remonta a una idea divina de la libertad, como un don que proviene del cielo. No obstante, también nos señala que por ella se puede, pero sobre todo, se debe aventurar la vida. Aunque en la actualidad la libertad es vista como el bien supremo por excelencia y existe un gran deseo de obtenerla, al mismo tiempo la incapacidad de ser libres verdaderamente, es decir, de ser uno mismo ante la realidad, nos encierra. Nos encontramos atrapados, soñando con una libertad que nunca llega, pues todos los días vemos cómo nos doblegamos a ser lo que se espera de nosotros. Es así como vale preguntarnos: ¿Alguna vez nos hemos lanzado a la aventura, al riesgo, sólo para tantear qué se siente ser libre o vivimos cercados por las reglas de lo que es correcto hacer?
Por otra parte, la libertad también es reducida a la satisfacción de un deseo, es decir, nos sentimos libres cuando hacemos lo que nos place. Esto es cierto, pero también lo es que como seres humanos no nos contentamos con la satisfacción de nuestros deseos más inmediatos. Cuanto más se cumplen dichos deseos tanto más se pone de manifiesto que queremos algo más. ¿Por qué nada termina siendo suficiente? Pavese nos contesta esta pregunta y sostiene: “Lo que un hombre busca en los placeres es un infinito, y nadie renunciará nunca a la esperanza de conseguir esa infinitud”. Sólo el rechazo a esa infinitud deja a la libertad si un objeto adecuado, pues el hombre queda descubierto ante todo lo que le rodea.
Nuestros deseos son concebidos en el plano de lo infinito; sin embargo, los medios para satisfacer esos deseos son finitos. ¿Qué sucede cuando nuestro objeto deseado está fuera de nuestro alcance? En este caso, debo reducir el deseo, es decir, niego aquello que deseo y muevo mi objeto anhelado a otro lado, pues mis capacidades no lo pueden todo. Es por ello, que el camino a la libertad sólo se encuentra en el impacto con la realidad. Sólo la realidad puede despertar nuestros deseos y en ese instante la libertad se pone en movimiento.
Asimismo, la elección es un elemento que está dentro del círculo de la libertad, y se toma en vista del cumplimiento y del propósito que perseguimos. ¿Por qué para cualquier cosa de la vida queremos tener la capacidad de elección? Simplemente, porque nos agrada adherirnos a lo que nos atrae y nos provoca. Todos tenemos capacidad de elección, y ésta es propia de una libertad, aún no realizada, pero en camino de la plenitud. Sólo ejercemos esa capacidad cuando nos adherimos a lo que deseamos. A su vez, la elección trae consigo la apertura a la totalidad, es decir, al ser libre de poder escoger entre varias cosas y no ser reducido a una pieza de engranaje de las situaciones o del poder.
La libertad se presenta a nuestras vidas desde que llegamos a este mundo, pues el sólo hecho de no habernos creado a nosotros mismos nos permite ser libre; de lo contrario nos podríamos prever de ciertas cosas, y así perder la libertad de escoger. Por otro lado, si el camino a la libertad es la experiencia de la satisfacción, podemos reflexionar sobre nuestro grado de libertad con las elecciones cotidianas, y constatar así si realmente día a día vivimos experiencias de libertad real.
En cuanto a la experiencia de libertad, Guardini argumenta: “Tengo la experiencia de que soy libre cuando trato de pertenecerme; cuando experimento que actuando dependo de mí mismo, que el acto que realizo no pasa a través de mí como si de otra instancia dependiera, sino que surge de mí, y por lo tanto es mío en este sentido peculiar y en él soy mío”. Aquí radica la experiencia de ser libre, de entender que nos pertenecemos y que actuando dependiendo de nosotros mismos y no de instancias externas.
En fin, es necesario entender que la peor amenaza para libertad no está en dejársela cortar sino en dejar de amarla. Así como dice el poeta español Rafael Alberti: “La libertad no la tienen aquellos que no tienen sed de ella”. Ser libre no es sólo un derecho constitucional es una opción, una decisión de vida de no quedar limitados por barrotes que muchas veces construimos nosotros mismos.
Andrea Pérez
Entonces, ¿existe realmente la libertad? O sólo es un lugar común al que recurrimos para no aceptar que somos nosotros mismos aquellos que nos imponemos una vida en cautiverio. Cervantes describe la libertad así: “La libertad, Sancho, es uno de los más poderosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida”.
El concepto de Cervantes nos remonta a una idea divina de la libertad, como un don que proviene del cielo. No obstante, también nos señala que por ella se puede, pero sobre todo, se debe aventurar la vida. Aunque en la actualidad la libertad es vista como el bien supremo por excelencia y existe un gran deseo de obtenerla, al mismo tiempo la incapacidad de ser libres verdaderamente, es decir, de ser uno mismo ante la realidad, nos encierra. Nos encontramos atrapados, soñando con una libertad que nunca llega, pues todos los días vemos cómo nos doblegamos a ser lo que se espera de nosotros. Es así como vale preguntarnos: ¿Alguna vez nos hemos lanzado a la aventura, al riesgo, sólo para tantear qué se siente ser libre o vivimos cercados por las reglas de lo que es correcto hacer?
Por otra parte, la libertad también es reducida a la satisfacción de un deseo, es decir, nos sentimos libres cuando hacemos lo que nos place. Esto es cierto, pero también lo es que como seres humanos no nos contentamos con la satisfacción de nuestros deseos más inmediatos. Cuanto más se cumplen dichos deseos tanto más se pone de manifiesto que queremos algo más. ¿Por qué nada termina siendo suficiente? Pavese nos contesta esta pregunta y sostiene: “Lo que un hombre busca en los placeres es un infinito, y nadie renunciará nunca a la esperanza de conseguir esa infinitud”. Sólo el rechazo a esa infinitud deja a la libertad si un objeto adecuado, pues el hombre queda descubierto ante todo lo que le rodea.
Nuestros deseos son concebidos en el plano de lo infinito; sin embargo, los medios para satisfacer esos deseos son finitos. ¿Qué sucede cuando nuestro objeto deseado está fuera de nuestro alcance? En este caso, debo reducir el deseo, es decir, niego aquello que deseo y muevo mi objeto anhelado a otro lado, pues mis capacidades no lo pueden todo. Es por ello, que el camino a la libertad sólo se encuentra en el impacto con la realidad. Sólo la realidad puede despertar nuestros deseos y en ese instante la libertad se pone en movimiento.
Asimismo, la elección es un elemento que está dentro del círculo de la libertad, y se toma en vista del cumplimiento y del propósito que perseguimos. ¿Por qué para cualquier cosa de la vida queremos tener la capacidad de elección? Simplemente, porque nos agrada adherirnos a lo que nos atrae y nos provoca. Todos tenemos capacidad de elección, y ésta es propia de una libertad, aún no realizada, pero en camino de la plenitud. Sólo ejercemos esa capacidad cuando nos adherimos a lo que deseamos. A su vez, la elección trae consigo la apertura a la totalidad, es decir, al ser libre de poder escoger entre varias cosas y no ser reducido a una pieza de engranaje de las situaciones o del poder.
La libertad se presenta a nuestras vidas desde que llegamos a este mundo, pues el sólo hecho de no habernos creado a nosotros mismos nos permite ser libre; de lo contrario nos podríamos prever de ciertas cosas, y así perder la libertad de escoger. Por otro lado, si el camino a la libertad es la experiencia de la satisfacción, podemos reflexionar sobre nuestro grado de libertad con las elecciones cotidianas, y constatar así si realmente día a día vivimos experiencias de libertad real.
En cuanto a la experiencia de libertad, Guardini argumenta: “Tengo la experiencia de que soy libre cuando trato de pertenecerme; cuando experimento que actuando dependo de mí mismo, que el acto que realizo no pasa a través de mí como si de otra instancia dependiera, sino que surge de mí, y por lo tanto es mío en este sentido peculiar y en él soy mío”. Aquí radica la experiencia de ser libre, de entender que nos pertenecemos y que actuando dependiendo de nosotros mismos y no de instancias externas.
En fin, es necesario entender que la peor amenaza para libertad no está en dejársela cortar sino en dejar de amarla. Así como dice el poeta español Rafael Alberti: “La libertad no la tienen aquellos que no tienen sed de ella”. Ser libre no es sólo un derecho constitucional es una opción, una decisión de vida de no quedar limitados por barrotes que muchas veces construimos nosotros mismos.
Andrea Pérez
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