Una mañana de un día cualquiera, a finales del siglo pasado, cuando contaba apenas con cuatro años de edad recién cumplidos, me encontraba en mí habitación, sentada en el suelo, con todos los juguetes a mi alrededor. Atrajo mi atención una hermosa muñeca, de esas “made in USA”, fémina perfección plástica según los cánones occidentales, tecnológicamente animada, porque era capaz de hablar, aunque todo su vocabulario se limitaba a un impersonal saludo.
Ignoro la razón, pero decidí cambiar su vestuario. Al desvestirla, descubro en la espina dorsal de su insuperable espalda un surco que dibujaba un cuadrado incompleto, ya que carecía de uno de sus lados, mientras que en el opuesto se reconocía una pequeña irregularidad, a modo de muesca. ¡Curiosidad! La punta de cualquiera de mis dedos cabía perfectamente en semejante orificio, y repentinamente se abre una pequeña compuerta, dejando al descubierto el alma de mi animada muñeca, que aspiraba hablar pero que solo podía saludar. Se trataba de una pila metálica del tamaño de una moneda de diez bolívares. La tomé en mis manos ¡Curiosidad; otr vez curiosidad! Deseaba conocer el sabor de la tentadora golosina. Desagradable sabor metálico, el dulce no aparecía. En tales avatares degustativos me encontraba, cuando, accidentalmente, la dichosa pila optó por recorrer mi tracto digestivo.
Apareció mi mamá, cariñosas palabras de amonestación por el desorden reinante. Encuentra la muñeca desnuda, con la espalda descubierta y la pequeña compuerta abierta.
- Aquí falta una pila ¿Dónde está?
- Creo que me la tragué
- Aquí falta una pila ¿Dónde está?
- Creo que me la tragué
Decir eso y llegar a la clínica fue la misma cosa. Batas blancas, caras serias, misteriosos aparatos. La pila ya estaba en el intestino y no había posibilidad de extraerla mediante una endoscopia, dictaminó uno de los galenos después de ver una radiografía. A partir de ahora hay que esperar, añadió. O seguimiento radiológico o colar las heces a ver si expulsa la pila al evacuar. Fue esta la alternativa que prefirieron mis papás.
Gracias a la misteriosa pila, evacuar se convirtió en un acontecimiento. La atenta mirada de mis papás no se separaba de los excrementos depositados en un hermoso recipiente de plástico adoranado con alguna heroína de disney. Luego, mi mamá colaba las heces en un colador y comenzaba el aromático trabajo. Por fin, apareció la pila en el marrón contorno. Evacuar dejó de ser un acontecimiento. Me consolé diciéndole a mi mamá: “Menos mal que salió con el pupú porque sino podría haber llegado hasta los dedos de los pies y a lo mejor tendrían que cortarmelo”.
1 comentario:
Naciste para ser loca mi Estefi!!! jajaja te amooooo
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