martes, 15 de enero de 2008

Lentes Negros

Mientras conversábamos, sentía que algo andaba mal. Ella asentía constantemente y sonreía cada vez que mis palabras lo ameritaban. Llevaba unos lentes que iban muy bien con la forma de su cara: eran negros, de montura gruesa y brillante; los cristales, bastante gruesos, me imposibilitaban el acceso a sus ojos (repito, algo andaba mal); rectangulares, más anchos que su rostro. Ella era de cara delgada, no demasiado; de rasgos finos, tanto, que sentías la impresión de que no podías tocarlos con fuerza porque se desprenderían; su cabello era dorado, liso, y, muy suave, tan suave que reposaba en sus mejillas y se movía sutilmente junto a ella. Su sonrisa era implacable, sólo podía pensar en asirla con fuerza cada vez que aparecía para, de ese modo, hacerla mía.

Sonreía constantemente y algo andaba mal. Yo hablaba, yo sonreía, ella sonreía ¿En realidad me entendía? ¿En realidad le causaba gracia? ¿Había vivido algo similar como para comprenderlo? No lo creo y algo andaba mal.

Después de toda la comedia, consideré necesario un tema más serio:

-Me gustaría escribir –dije.
-Yo escribo constantemente –respondió.
-Creo que cuando escribes te desentiendes de la muerte por el tiempo que te tome escribir –ella asentía, pensando en otra cosa-, a menos, claro, que escribas sobre la muerte.

Ella se ríe, luego comenta:

-Me encantan las entrevistas; yo quiero hacer entrevistas.

Ella no me había escuchado. Su sonrisa era un acto reflejo. Sólo pensaba en lo que diría a continuación. Me sentía solo y vacío.

Sin embargo, aún me atraía. Tal vez llegara a acostarme con ella y sentirla cerca, contra mi cuerpo. La había besado en la mejilla para saludarla y su aroma me había hecho sentir una especie de escalofrío. El roce de sus suaves cabellos contra mi cara. Su cintura era delgada, lo sentí al colocar mi mano en ella durante el acto del saludo. Sus pechos se veían pequeños, pero con una forma excelente. Su piel era excesivamente suave. Quería poseerla por un simple placer egoísta, no me interesaba que obtendría ella. Es el mismo placer que obtenemos cuando hablamos, no nos interesan los demás. Follar-Hablar ¿Dónde queda el amor?

El sexo con ella, en caso de que llegara, aún estaba bastante lejos. Esa noche me monté en mi carro solo, como siempre lo había hecho durante los últimos días. La música era mi compañía y cada canción la asociaba con ella, aunque no hubiese relación alguna. La melodía no me daba nada, no me prestaba atención, pero tampoco me la pedía. Cada cierto tiempo miraba mi celular esperando que sonara y, como todas las noches, no lo hacía.

Nadie me escuchaba, yo funcionaba como un autómata. Todo era lo mismo, siempre. Me sentía solo y vacío.

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